11 bosteros vs un Pueblo

Dale Glooobo Yo no soy Mendocino. Aunque lo parezca no lo soy, bueno un poco si, pero mi documento dice que nací en Ushuaia. Eso si, casi toda mi familia es del Barrio Espejo de Las Heras. De chico para mi Mendoza y Las Heras fue los “Abuelos y tíos del norte que íbamos a visitar.” Nada mas que eso… Para ponerlos en contexto: Acá en el sur los únicos nombres que nos llegan son Boca, River, San Lorenzo y todos los grandes de Buenos Aires. Yo era hincha de San Lorenzo de Almagro. Mi viejo siempre hablaba de Huracán las Heras y cuando íbamos de vacaciones a la calle Maipú veía esas pintadas enormes por todo Las Heras que rezaban: “La N°1 manda”, “Globoína”, “Un amor como el nuestro no puede morir jamás.” Los vecinitos del barrio me preguntaban de que equipo era, yo contestaba naturalmente “¡De San Lorenzo!” y me miraban con sorna, como diciendo “Dale, flaco, decime de que equipo sos en serio!”. No entendía como podían seguir a un club “chico”, a un equipito de barrio. Compadre lasherino, no se asuste y siga leyendo, créame que no hay una gota de menosprecio en estas letras. Cosas del destino cuando tenía 14 años nos mudamos desde Ushuaia a Las Heras. Yo no quería irme de este pedacito del sur, amaba mi ciudad, mis montañas, mi nieve, mi gente. Tengo muchas memorias que no van al caso en este escrito. Lo que si recuerdo claramente es la primera vez que me llevó mi viejo a la cancha de Huracán (“para que entendiera” según él). Fuimos a ver Huracán Las Heras vs El Algarrobal. El Globo goleó y lo que me quedó grabado a fuego fue toda esa enorme masa humana cantando, alentando y saltando desde el minuto cero ¡Cómo no me iba a hacer del Globito! Fue amor a primera vista. Era escuchar el “¡Boom, boom, boom!” del bombo y sentir que el corazón estallaba de adrenalina. De allí en mas, nada fue igual. Mi corazón se pintó con los colores del acérrimo rival del Ciclón ¡Vaya contradicción del destino! Los Domingos eran asado y cancha, en ese orden. No importaba donde jugarani como estaba en la fatídica tabla de posiciones, al Globo había que ir a verlo. Sé lo que dicen de Huracán, que somos negros, que somos villeros, que somos chimbas(Y note estimado lector que este fueguino dice “somos” porque en cierta forma yo también soy bastante lasherino ¡Y a mucho orgullo!) ¿Pero saben qué es lo que mas les duele? Que somos un pueblo trabajador, que se enorgullece de su color de piel, que no baja los brazos a pesar de las adversidades, que pide una “moneda para la entrada” porque no puede vivir sin un Domingo de globito. No me importa si jugamos contra Boca, Gutierrez o el Tomba(Bueno, si me importa si jugamos contra el Tomba…), lo mas lindo que tiene Huracán es toda su gente. Esos jugadores tienen espalda porque detrás de ellos siempre está La N°1, la hinchada mas grande, incondicional y con mas huevo de todo Mendoza. Mañana Jugadores, Pueblo Unido de la República de Las Heras: ¡A festejar que es una fiesta! Huracán siempre fue de primera, Huracán ya es grande aunque algunos diarios porteños nos tilden de “ignotos”, “equipo chico” o alguna otra barbaridad por el estilo. Acá no hay Osvaldo, Arruabarrena ni Orión: acá son 11 bosteros vs un pueblo. Si le ganamos a Boca, se declara feriado departamental y se festeja por una semana. Y sino también ¡En Las Heras es carnaval como dijo la gitana! No hace falta ganarle a una empresa futbolística para ser grandes. ¡Con esta hinchada el cielo ya lo tenemos ganado! Y para finalizar me despido con una reflexión todavía mas personal que el resto del escrito. Puede elegir no estar de acuerdo con esto, pero… ¡Cómo no voy a enamorarme de un equipo cuyo himno es la marcha peronista con la letra lasherinizada! ¡HOY SOMOS TODOS LAS HERAS!

Como mata el viento sur


Hoy me encuentro releyendo un poco mi vida hace un tranco hacia atrás, y me viene a la memoria un “viaje de Integración” a Uspallata con el centro de estudiantes de mi escuela, la Técnica Hidráulica N°4-112 (Nota aparte, me siento un poco viejo, un poco parte de la historia, hoy la escuela se llama “Antonio Gurgui” ¡Y Antonio Gurgui fue mi profesor de Matemática y Física en 9no!). Escucho “Como Mata el viento norte” y los instantes vienen a mis ojos como flechas veloces, deseosas de clavarse en el presente y dar a luz alguna reflexión.
Como cualquier ciudad, Mendoza me inquietaba bastante y me producía una irrefrenable sensación de incomodidad. El solo hecho de salir de casa y encontrarme con caras distintas cada vez que camino me pone a la defensiva. No era por el martilleo diario que producían “Los Andes”, “Uno” y los noticieros de turno con la inseguridad, sino porque sentía que mi vida tenía poco valor, que nada tenía que hacer ahí. En el 2001, Las Heras tenía algunos soplos de aire de pueblo que me gustaban más que capital: La tranquilidad de sus plazas en la siesta, el saludo con los vecinos del barrio y los domingos de ver fútbol en el Mundialista “San Martín” de la calle Olascoaga, hacían de la vida un poco más llevadera pero nada era como en mi pueblo del sur. “Pingüino”, “ushuaiano”, “sureño”, “porteño”, fueron algunos de los apodos que me gané por hablar con acento porteño y debido a que los temas más recurrentes en mis diálogos eran Ushuaia, la nieve, y la eterna y embolante explicación de que en Ushuaia los pingüinos no caminan a sus anchas por nuestros barrios ni zonas céntricas. “Ajeno a la Tierra” diría el aviador Bach que traducido a mi circunstancia sería “Ajeno al sol”. Mi vida transcurría signada por la ansiedad en espera de que sea fin de año para por fin volver al lugar del que nunca debería haberme ido. Ansiedad que con el advenimiento de una conexión de 56k en casa, se tornó un poco más llevadera gracias al canal #Ushuaia de Undernet y a devorar una y mil veces los portales de noticias de Ushuaia. Me negaba a ser en ese lugar y veía con ingenuidad mi crecimiento atrofiado mientras el resto de mis conocidos del sur crecían donde yo debería haber estado. Con ese precario razonamiento me olvidé de ser adolescente en la adolescencia. Uno puede ser estúpido durante mucho tiempo, pero si los es a tiempo completo y a consciencia convertís cada fibra de tu ser en la de un pelotudo. En resumen: de los 4 años que estuve en Mendoza, fui un pelotudo full time por 2 años.
Y ahora que los contextualicé volvamos al viaje de integración. Yo que iba con esperanzas de debatir políticas estudiantiles me encontré con un viaje que tenia otros objetivos. Nada que acotar sobre ello. Lo importante fue el lugar… Nos quedamos en una escuelita (creo que hay una sola en el pueblo), el único compromiso era ir a comer y dormir, el resto del día uno hacía lo que le venía en gana. Así que me dediqué a caminar por el pueblo, y hoy en mi memoria difusa, recuerdo ese lugar como un pedacito de mi tierra en otra tierra. La paz, la nieve cerquita, un clima mas templado que el calor sofocante de Mendoza, arroyos para pescar truchas, todo por hacerse, la cercanía de la gente. Hoy en mi cabeza vuelvo a fumar un pucho por esas calles y digo “La puta, que cerca tenía mi válvula de escape y no la aproveché”. Esa negación de pelotudo que tenía ensartada en la cabeza logró nublar mi vista y no entender que, más allá de que Ushuaia es mi pedacito de tierra, las montañas son una parte primordial en el delicado equilibrio dinámico de mi personalidad. Si, faltaba la brisa marina, los bosques de lenga, pero Uspallata podría haber sido una conexión mucho más estable y humana que aquel 56k tirándome destellos irreales de una vida que no vivía. Hoy desde Ushuaia y a más de 12 años de haber estado en Uspallata me doy cuenta que le debo una oportunidad. No para ir a establecerme definitivamente, pero si para vivir y entender que ahí nomás de la ciudad tenía la cordillera y en la cordillera, Uspallata. Pelotudos siempre seremos en algún momento de nuestra vida. Fin.

El “Barloa”, el bar de los mil nombres

Barloa

Ojalá que la gente de una mano para que el Barloa vuelva a laburar como siempre.

Las Heras sin Barloa, no es Las Heras.

Pasen y vean: La Turca no se peinó para la foto, pero está ahí, como parte del inventario. Manu Chao sonríe abrazado a Humberto, y la imagen con la cerveza Andes ganó la inmortalidad retratada en la Rolling Stone. Ani alimenta el brasero, pala en mano, como si al recinto le faltara calor. El piso de portland, desparejo, es testigo fiel de las suelas que siguen el compás de la música. Una bombita de luz, que pende del techo, completa la decoración, mitad bizarra, mitad kitsch. Sigue leyendo