21 de Diciembre de 2001: Escribo esto casi sin pensarlo, dejando que las letras caigan espasmódicamente sobre el procesador de texto. No puedo ni quisiera dejar de escribir cada uno de estos pensamientos que me invaden al azar. Aunque nadie lea estas letras, sé que soy testigo privilegiado de una Argentina desbastada y el solo hecho de estar mirando como desvalijan los supermercados a la vez que escribo esto me hacen irrepetible. No puedo negar cierto nudo en el estómago y algo de negro placer al ver todo desde un piso séptimo. Si en este instante trataran de entrar al departamento, me darían un tiempo prudencial para hacer algo, aunque sea saltar al vacío. Rodeado de libros que explican el absoluto soy inmune a todos ellos. Cada tomo es una barricada entre la posibilidad de escribir estas letras y robar para comer. La capacidad de comprender y abstraer la realidad social y política me da la opción de no vivirla sin sentir mucha culpa. Este hoy no es importante, y la historia necesita de la perspectiva temporal para ser tal. Los que están allá abajo no comprenden el poco peso que tienen en los engranajes de la historia. ¿Esto es una revolución o una crisis terminal? ¡Qué se yo! Si quisiera saberlo encendería el televisor o la radio y me dirían que pensar. El trabajo de los noticieros y diarios (independientemente de los intereses que los mueven) es achicar la distancia entre el hecho y su real impacto para generar el falso debate y la aún mas falsa certeza de verdad.

Veo un grupo de personas corriendo y de atrás la policía disparando plomo ¡Bang, bang, bang! Caen uno, dos, diez… Enciendo otro cigarro y ahora la “chancha” se lleva 6 caídos. Cuatro cuerpos adornan dantéscamente las veredas. Uno levanta la mano y alcanza a gritar “Compañeros ¡no me dejen solo!”. Enciendo un cigarro e inhalo lentamente. En la caja quedan 3 puchos, una noche larga y allá abajo esa mano no se mueve mas. Parece que la cosa está jodida en serio y yo con 3 cigarros en un séptimo piso, la puta madre. Por eso me alejo y trato que el presente no nuble demasiado mi visión. Con el tiempo aprendí a quitarme esa gruesa capa de hipocresía que cubre a individuos semejantes para comprenderme entre estas paredes. No soy nadie entre las multitudes y soy alguien cuando estoy conmigo mismo. Lo asumo, soy un hijo bastardo de los 90. Me criaron entre culos, dolar barato y sueños de Miami pero yo elegí los libros y mi independencia. Algo falló en esa maquinaria de destrucción.

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