Todos, alguna vez, estuvimos en el paraiso


Lago Escondido

El que observó a medianoche la espuma blanca del cielo, el que oyó un galope prolongado en la estepa de la mañana, los que adivinaron la lluvia y se mojaron en ella, el pescador que aguarda el próximo pez que prenderá esa tarde, el que recuerda el olor a café detrás de una puerta que no existe, el que siente en la boca la primera palabra de un verso: todos, alguna vez, estuvimos en el Paraíso. Las manos lo tocaron y el pecho aspiró su perfume, el Paraíso cedió por un instante -se detuvo allí- alzó un vivac en el que cada pieza coincidió con su opuesto: las sombras con el árbol, el árbol con el camino, el río de Heráclito con el río a secas.

Rafael Felipe Oteriño
Argentina (1945)

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