El “Barloa”, el bar de los mil nombres


Barloa

Ojalá que la gente de una mano para que el Barloa vuelva a laburar como siempre.

Las Heras sin Barloa, no es Las Heras.

Pasen y vean: La Turca no se peinó para la foto, pero está ahí, como parte del inventario. Manu Chao sonríe abrazado a Humberto, y la imagen con la cerveza Andes ganó la inmortalidad retratada en la Rolling Stone. Ani alimenta el brasero, pala en mano, como si al recinto le faltara calor. El piso de portland, desparejo, es testigo fiel de las suelas que siguen el compás de la música. Una bombita de luz, que pende del techo, completa la decoración, mitad bizarra, mitad kitsch.

Pasen y vean: Bernarda, chilena, de aspecto fellinesco, ofrece trato respetuoso y sabe marcar los límites con una mirada. El tipo de al lado, “dueño de fábrica”, según comentan, apura el próximo trago. Una joven pide un cigarrillo (¿por qué diablos no seré fumador?). Una imagen de la Virgen de la Nieve se roza con la pared descascarada. Quentin Tarantino y Oliver Stone bien podrían ser los parroquianos de enfrente.

Pasen y vean: la Jose, esposa del Humber, asegura que el lugar no tiene nombre. Algunos lo llaman Mamita, otros Papito, hay quienes abrevan en El Cólera, o en El Boxeador, o en ponerle el que más le guste. ¿Quiere servirse solo? Ponga los platos en la mesa, asegúrese de que el lomo esté a punto, puede optar por el picante, pero nunca, nunca jamás, ni se le ocurra obviar la mayonesa casera, ó cómo se excusará por no guardarle honor al buen esfuerzo que demandó la preparación de los diez kilos diarios.

Una bandera argentina se entremezcla con la cortina. Las puertas, compradas en demoliciones, encajan con precisión milimétrica. Una caricatura de Luchito, el ciego, obra como emblema. Los pibes lasherinos suelen caer de madrugada, ejercen su rol de músicos viscerales y palpitan que Orfeo, una vez más, los invitará a su mesa.

Perdida, semi escondida, una estampita de San Cayetano. Debajo, el termo con mate. Ana festeja su santo y hay una porción de torta para todos. El televisor dispara imágenes de Tinelli. Las ollas de aluminio, abolladas, renegridas, aportan su toque distintivo.

Las viejas heladeras se confunden con las hileras de cajones de bebidas. Éstos cumplen con una misión decorosa: cuando juega la selección, se convierten en platea. El baño está cubierto de graffitis futboleros. La Número 1 reclama su sitial de grandeza. Las contestaciones leprosas y tombinas son imaginables. La guitarra está para quién la toque: una colecta entre clientes la depositó allí.

Los vinos son de la gente. Uno va, pide y sabe que la botella será repuesta. El don de la palabra empeñada es casi un ritual. No hay megacanje, ni riesgo país, ni déficit cero en este hogar. A vos te falta un vaso, el de al lado te lo presta. Venga, acérquese… ésa es la cuestión. Las servilletitas se llenan de poemas apurados. Ella siempre se cruza, aunque no se cruce. Y está, aunque no esté.

Más que negocio, es una gran familia, volvió a decir la Jose, como al pasar. Tres generaciones frecuentan el predio, tal como si la herencia de abuelos a padres y de éstos a hijos obrara con la rigurosidad de un testamento.

La Fauna celebra su pertenencia a la casa. Pertenecer tiene sus privilegios, intercedería un publicista. Lo mirarían de reojo. Acá hay lugar para artistas, boxeadores, abogados, periodistas, escuchantes, futbolistas. Aquí hay espacio para tango, rock, cumbia, tonada, bossa nova, por qué no ópera.

Los sandwiches salen directo desde la parrilla a la mesa. Alguien habla en voz alta, y ni siquiera él se escucha. Manos a los bolsillos, mirada perdida, expresión taciturna, el muchacho del gorrito de lana es parte del paisaje. Autos último modelo estacionan al lado de motos Puma. Discépolo hubiera escrito la segunda parte de Cambalache.

Las mesas, influencia de la noventización, quisieron ser cambiadas. Una protesta masiva lo impidió… ni Moyano logró tanta adhesión. Ni hablar de las sillas de plástico. La decoración está hecha al gusto de los habitués. Un esteticista debería cambiar el rumbo de su visita. Hasta las manchas de humedad adquieren contornos artísticos.

El Humber, rememora la Jose, está volviendo de Chile. Nos muestra, orgullosa, la foto del camión que compró su marido. Y evoca los inicios, cuando él vendía choripanes al lado de una estación de servicio. La Municipalidad presionaba y su sueño se corporizó en un lote pelado. Nada de ir a la cancha: a buscar por dónde hubiera. Puertas, vidrios, maderas. A no aflojar, ésa fue la premisa. Ése es el espíritu del bodegón sin nombre.

Quizá La Turca haya emergido de un personaje de Las Mil Noches y una Noche. Probablemente, Manu Chao se haya sentado en la misma mesa que Pablo Chacón. Allá, en el fondo, alguien soltó un Te quiero. En la esquina, tras la pared, explotó la pasión de la reconciliación. El país se salvó otra vez de estallar, tras la explicación del filósofo de café. Suena un silbidito que combate el frío. El que se va escribe en el vidrio empañado. Borges decía que la madrugada es el momento ideal para conquistar la ciudad. Como acertaba el viejo Borges…

Fuente: http://www.losandes.com.ar/notas/2013/1/1/barloa-nombres-688744.asp

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