Locomotora Enferma


Este hombre no paraba de perpetuarse en borradores, como temiendo ser el definitivo de su vida iba escapando de las responsabilidades del existir ¡Qué dulce era refugiarse en la fría espiral de nubes que se ceñía sobre sus hombros! Esperaba confesarse y que los barrotes lo aislaran para siempre del dolor humano de vivir pecando. Reglas, reglas, reglas y a cada paso un pecado nuevo que expiar. Hacía rato que su nombre se había ido diluyendo en la sutil burocracia de la existencia ciudadana y de sus paso por el mundo no quedaba mas que el humo de su cigarrillo que se volaba turbulentamente hacía atrás. “¡Marlboro!” “¡Particular!” le decían al pasar los radares de nombres, “¡Parece una locomotora sin destino!”gritaban burlescos los oficinistas acomodándose el monóculo con un adusto gesto de arrogancia y luego se escondían entre pilas de memorandos y poemas contables. Llevaba su nombre en un tarjeta identificadora, en un lugar bien visible y cuidaban sus modales mientras alimentaban la urbana maquinaria infernal. Cuando caía la tarde, las bocas de subte se cargaban de saquitos grises y de secretarias que sellaban sus oídos con auriculares. El mundo giraba y se los llevaba puestos a todos, uno a uno iban marcando tarjeta en el hotel “Lluvia de Abril”, entraban a sus habitaciones, se desabrochan el pantalón, encendían el televisor y miraban el “Noticiero de la muerte”. ¡Si señor había que estar informado de cada deceso! Ya muchos habían escarmentado el morir sin ser vistos, y debido a la depresión que ocasionaba en los cadáveres el ser ignorados, es que el Estado había alumbrado la idea de crear una señal de aire donde se mostraran las 24 hs la muerte de absolutamente todos los habitantes de la ciudad. “¡Bum, bum!” sonaban los disparos en alguna habitación y todos subían el volumen y miraban atentamente la pantalla porque ahora el protagonista era un conocido. ¡Qué bella muerte! ¡Qué dulce se hacía el sabor del suicidio cuando era de un conocido! Si todavía existieran las familias seguramente se hubieran peleado a diario sus integrantes por ser el primero en suicidarse.

Si señores, no nos olvidamos de él, aquel que dejó su identidad para existir, aquel que comprendió los accidentes de las palabras y se redujo a ser el humo de un cigarro, aquel que se sentaba en último asiento del subte para ver como se estiraban los dibujos en el túnel. Ese tipo, ese extraño, que trataba de encadenar los últimos vestigios de humanidad que yacían olvidados en las veredas. Si señores, aquél que entre tantos sacos grises no se olvidó de ser poeta.

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