Las Fábricas miraban al Beagle


Yo era pibe y en aquel entonces, Ushuaia y mi barrio no era mas que un par de casas al lado de algunas fábricas que miraban ciegas al canal, como esperando laburantes que después de los piedrazos nunca volvieron a ser las mismas. Me acuerdo que en los días anteriores al cierre, por la calle de enfrente de casa, vi circular a esos hombres con la ropa rota y la carne hinchada de balas de goma. Comentaban que estaban tirando con plomo, pero yo no les creí (o no les quería creer porque sabía que mi viejo andaba dando vueltas por ahí). Yo no les creí hasta que cortaron las luces y molieron a palos a todo el pueblo. Cuando lo mataron a Víctor me di cuenta que la cosa iba en serio. Era doloroso, porque como en cualquier ciudad chica, todos nos conocemos y era normal que uno de los canas que sacudían a los trabajadores despedidos, fuera vecino y lo viéramos caminar por la calle como si tal cosa. El aparato neoliberal y falso de los noventa con Menem y Cavallo, empezaba a mostrar grietas y yo fui un testigo casual de la historia, acá en la incipiente Tierra del Fuego. El tiempo pasó, la gente protestó un poco más, el gobernador represor fue reelecto y así seguimos girando. Volviendo al principio, entre las “fábricas que miraban al canal” abandonadas transcurrió mi niñez. Nos gustaba ir a jugar a los alrededores de las fábricas porque siempre habían tesoros para cualquier pibe con un poco de imaginación: Desde tubos de televisores, pasando por plaquetas, cajas, componentes y plásticos de todos los colores. Uno se podía armar desde un auto fórmula 1 con toda la tecnología, hasta un complejo laboratorio que nada tenía que envidiarle a la CONAE. Detrás de una de esas fábricas que no recuerdo el nombre, estaba “El Circuito” que tenía una llamativa particularidad: En el centro de la pista había una montaña enorme (en dimensiones de un niño de 10 años) de carcasas de televisores rotos. El que no tenía un cobre o no era bicho armando cosas se compraba una bici, pero otros las armábamos con restos que encontrábamos en paseos por el barrio, el costado del río o en el viejo basural. De ese basural se contaba que habían encontrado fetos y que una persona había sido asesinada, pero lejos de amedrentarnos, nos daba más ánimo para ir buscar el estén o el piñón que nos faltaba. ¡Era Increíble! La provincia se derrumbaba y nosotros jugábamos inocentes con sus pedazos. Así, a golpes de bastón, de dolar barato, de televisores rotos como gigantes bloques de Rasti y de represores reelectos, mi Tierra del Fuego fue creciendo y las montañas se fueron poblando de luces. Acá llegaron todos con una ilusión y se quedaron decepcionados extrañando el norte. Hace más de 20 años creímos por primera vez en las fábricas de electrónica y nos dejaron goma, plomo y muchos compañeros en la calle. ¿Qué hace diferente la “Ambassadeur” de ahora, de la “Philco y “La Continental” de esos días?

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