Para bellum


Recuerdos vencidos

Ella amaba sin vacilar a la luna, entregaba cada fibra íntima de su cuerpo en un ritual ávido de luciérnagas, de dimensiones plegadas y espacios derretidos en percepciones diáfanas. Los lunes, bien temprano, tomaba una buena taza de café cargadito de cianuro. “Era para limpiarse de la vida” decía con voz entrecortada y sonrisa ponzoñosa. Cuando empezaban a apagarse las voces del mundo, se vestía de smog y caía sobre lecturas pesadas, iba levantando montañas imaginarias alrededor de su soledad y sentía fluir la lujuria estival por cada uno de sus miembros. Allí el mundo era una gran cascada que dejaba caer el pecado sobre los dolores y un grito espasmódico la dejaba levitando al ras del suelo. Tomaba humo y miraba el horizonte, el tiempo siempre la delataba, las hilachas del sol la asfixiaban y no podía escapar, su cuerpo caía en círculos por el embudo del presente y ahí estaba otra vez en el futuro. Se la escuchaba murmurar por las paredes: “El sábado es el domingo de mi existencia”. Sabía que los almanaques y el mundo andaban putamente enfermos y que entre el domingo y el lunes la humanidad no era mensurable en términos normales, porque una vez mas todo se dilataba, se hacía humo y las sonrisas no eran mas que anécdotas plagadas de ojos subjetivos. De chica le habían dicho que ese día “Dios descansó” después de la creación, seis de trabajo por uno de existencia ¿Acaso la ecuación cerraba? Rotundamente NO. Esas veinticuatro horas, el universo cortaba el cable que lo unía al tiempo y era sólo una ilusión, estaba en equilibrio perfecto. Uno de esos “instantes sabadolunescos” se recostó sobre si misma, entre sus manos el papel se hizo mariposas, tantas que el dormitorio quedó en penumbras y abrió nuevamente las puertas del acuario nocturno: Grises aguas se movían en las paredes de concreto, de un lado hacia otro las olas golpeaban y arrastraban el pestilente olor hasta sus fosas nasales. Ya había recibido las advertencias del caso y en las fotografías de los manuales, los cadáveres hinchados y putrefactos eran bien claros. Sólo debían escupir y tirar sus recuerdos, pero nada de mirar. Caminaba en solitaria procesión y a ambas márgenes los reservorios se mecían al compás de la bruma, en cada uno de ellos dejó algunos segundos de su vida, en cada estanque la humanidad temblaba carcomida por un mundo anacrónico.

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