Instantáneas del Recuerdo


Recordarme hace varios años atrás, con el pelo largo y un montón de sueños rebeldes que se escapaban de mi piel. Me veo sentado en la vereda del barrio donde se crió mi viejo, esperando que pasara la siesta andando en bicicleta, que se llenaran de gorriones las tres de la tarde. La harmónica de juguete de un heladero cada tanto cortaba el rumor de las hojas y gritaba: “¡Hayyyyyyyyyyyy heladoooooos, hayyyyy palito bombón heladoooooooooo!”. Mientras tanto veía estos años que vivo hoy cómo algo imposible, con incertidumbres, cómo el resultado de infinitas bifurcaciones que iban trazando lineas sobre el plano del pasado. Recuerdo el primer día de escuela Secundaria, yo detestaba (detesto) las corbatas, las camisas y todo eso. La ciudad me caía con todo su peso conservador, trataba de fabricar personas en serie, de anularme. Mal que me pesara fui perfecto… Fui perfecto y quedé como un pelotudo, mis futuros compañeros andaban todos desarreglados y yo era el único idiota bien vestido. ¡Hermosa manera de incorporarme a mi nueva escuela! Obviamente después fui mas yo y por serlo recibí mis primeras amonestaciones. La escuela Hidráulica quedaba en Las Heras, entre Catamarca y Gahilac . Pasé por varias casas, pero a la casa que le tuve mas cariño fue la que estaba en un barrio que se llamaba “Hércules”. Era un barrio muy tranquilo, mi casa tenía un patio enorme y atrás habíamos puesto una hamaca paragüaya donde me tiraba a leer Nietszche y otras cosas igual de aburridas. Algo que me encantaba era tirarme en la hamaca a pensar e imprimirme un movimiento de vaivén con la mano sobre el suelo, dejar que el cuerpo oscilara y que la cabeza fuera maquinando cosas, circunstancias. Siempre jugué con eso de las “bifurcaciones”: pensar una situación pequeña y ver como hubiera evolucionado si decidiera otra cosa. La “libertad infinita” que nos ata a una sola rama, pero se puede ver gigante, tan grande cómo un plano infinito.

Había un lugar al que iba a fumar y ver la gente pasar: La Plaza Marcos Burgos de Las Heras. Siempre tuvo ese encanto de Palomas, de laburantes caminando. Un aire a ser un punto desde el que se iban irradiando casas, edificios, comisarias. Hay un cuento de Cortázar que se llama las “babas del diablo”. y siempre me lo imaginé en el escenario de esa plaza. Yo fumaba y veía el cuento como loco malo, compartiendo las palabras de Julio conmigo mismo.  Los domingos la Iglesia “San Miguel”, que está enfrente de la plaza, se llenaba de feligreses (Infeligreses) que entraban con caras largas de pecados sin confesar. Todos iban ahí, desde el más zángano hasta la mas tilinga de mis compañeras de curso. Se redimían de vivir como vivían, los hacían sentirse orgullosos de dejarse morir como morían, las viejitas pensaban que estaban mas cerca de dios y no tan cerca de la tumba. Así todo el mundo salía con ganas de hablar, de darse palmaditas en la espalda, de fumar un cigarro, de clavarse algunos clavos mas en las palmas y estar seguro que lo merecían.
Así fui en Mendoza, con soledad, con montañas y lengas grabadas en mis pupilas a mas no poder, festejando el invierno que apenas si me recordaba con algún copo que yo era ajeno a las uvas. Y seguía viviendo al costado del Beagle, abrigándome del calor con el fueguito de los recuerdos , esperando que el Zonda se transformara en viento polar y me trajera nuevamente aquí donde estoy.

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