Autoenvestida


No íbamos a dejar que nadie escapase de la doctrina fatal, en cada cuerno una carta y en cada letra una foto que iluminaba el alba de nostalgia. Había que echarse a volar y permitir que las abejas fueran exprimiendo la glucosa de nuestras venas, dejarnos secos, vencidos de dulzura, llenos de hastío. Así, inertes, nos podrían llevar a los puestos de ventas y aunque llenáramos de sonrisas los sótanos y las habitaciones estuvieran colmadas de lujuria, ya nada podríamos hacer. Se tiznaba el el cristal, quería dejar todo, ser yo mismo imitando actitudes infantiles, creía ostentar seguridad desde decisiones absurdas. No hacia mas que avalar la mediocridad, el ambiente se tornaba hostil. Todo estaba resumido en poder sobre mi, poder sobre otros, poder sobre el poder, quería amarte a toda costa y por querer ser universo me olvidé de ser rayo. La primavera de la juventud va dejando sus últimos jirones de sonrisas.
Los ojos escapan de las orbitas, van dejando una estela de incienso que se tiende en el humo del “dejarse llevar”, me veo desde la altura abarrotado entre paredes, golpeando, golpeando, golpeando…

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