Noticia de un secuestro


Excelente nota de la lapulseada.

No tiene desperdicio.

Noticia de un secuestro

Vivieron pacíficamente en el extremo sur del continente hasta que llegaron los europeos; luego los “argentinos” y los “chilenos”. Fueron vejados, esclavizados, desterrados, fusilados, desaparecidos, expuestos en museos y mega-exposiciones como trofeos de guerra. En París y también en nuestra ciudad, donde se conservan restos humanos del genocidio. Esta historia silenciada sobre el arrasamiento de los pueblos fueguinos –similar a la de otras comunidades originarias- no logra explicarse como una “cosa de época”. Y menos aún se justifica que hoy, más de un siglo después, el abuso continúe.
Por Daniel Badenes

A la entrada se leía un inmenso cartel: Centenario de 1789. La Exposición Universal de París, símbolo del progreso, decía conmemorar los principios de la revolución ocurrida un siglo antes. Libertad, igualdad, fraternidad.

El pabellón argentino tuvo 3.000 metros cuadrados. Montaron lo suyo Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador, Uruguay, Venezuela y México. Todos hacían grandes esfuerzos por mostrar una identidad moderna, occidental, sin resabios de “atraso”. Al cabo de seis meses, en octubre de 1889, Argentina recibió 67 medallas de oro. Dos la premiaban por el trazado y la obra de la ciudad de La Plata, fundada algunos años antes, donde se acababa de inaugurar su Museo de Ciencias Naturales. Una ciudad higiénica, pensada, casi europea.

En otro sitio del Campo Norte, en la misma París festejada, una exhibición de seres humanos en cautiverio ensombrecía la universalidad de los principios democráticos. Presentados como “antropófagos comedores de carne humana”, aborígenes secuestrados en Tierra del Fuego fueron expuestos en una jaula durante meses, ante algunos de los 28 millones de visitantes.

No era la primera vez que algo así se veía en Francia. En 1881, otro grupo de fueguinos había sido exhibido en una gira que comenzó en el Jardin d´Acclimatation parisino y continuó en otras ciudades. El rapto, ejecutado por un cazador de focas alemán, había sido encargado por el empresario de espectáculos Carl Hackenbeck. Eran cuatro mujeres, cuatro hombres, dos niños y un bebé, de origen alacaluf, que habitaban el Estrecho de Magallanes.

Por su parte, los exhibidos en el centenario liberal habían sido secuestrados por un empresario de apellido Maître. Eran once selk´nam, incluyendo mujeres, niños y bebés. Dos fallecieron en el viaje, trasladados en un buque ballenero. Nada de eso alteró los planes para los demás. Tras el muestra parisina fueron llevados al Acuario de Westminster, en Londres, hasta que comenzaron a producirse quejas y conflictos diplomáticos. Una de las mujeres murió allí. Otros dos, en el viaje rumbo hacia Puntas Arenas, donde los esperaba la reclusión de una misión salesiana. Durante su paso por Europa, los secuestradores los alimentaron en público con carnes crudas de caballo y pescado, buscando mostrar un supuesto canibalismo.

Desde el fin del mundo

Tal ferocidad atraía público, pero era falsa. Las comunidades de Tierra del Fuego y las islas magallánicas se dedicaban a la caza y a la pesca. Aunque la zona se pobló tardíamente –estuvo cubierta de hielo durante mucho tiempo-, hay rastros de vida de unos 6.000 años de antigüedad. Los contemporáneos a la llegada de los españoles fueron los yamana (denominados por los ingleses como yaganes), los alacaluf y los onas (selk´nam y haush).

Los dos primeros eran grupos similares; uno creció del lado “argentino” y el segundo, del “chileno”. Vivieron de los recursos marítimos. Tenían una organización laxa, territorialmente dispersa. Los ancianos y chamanes ejercían una influencia especial, pero no había jefes establecidos. Igual sucedía con los onas, que vivieron de la caza del guanaco y de algunas aves y roedores, además de recolectar frutas silvestres. Ningún grupo estaba preparado para enfrentar a los conquistadores.
Si bien los cruces iniciales de estas tribus con europeos se produjeron hacia 1580, fueron intensos recién en el siglo XIX. Uno de los más emblemáticos fue el que involucró al marino británico Robert Fitz Roy, quien hoy da nombre a un monte y a una calle porteña.

Fitz Roy fue capitán del barco que llevó al científico de la nobleza británica Charles Darwin a Tierra del Fuego, experiencia plasmada en el libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo. “Jamás había visto yo, verdaderamente, seres más abyectos ni más miserables”, escribió Darwin sobre los fueguinos en páginas sobrecargadas de etnocentrismo: “Esos desdichados salvajes tienen la talla escasa, el rostro repugnante y cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos. Cuando se ve a tales hombres, apenas se puede creer que sean seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros”.

En su primer viaje a la zona, años antes, Fitz Roy participó del secuestro de cuatro yamana, a quienes acusaron por la pérdida de un bote. Al más anciano lo bautizaron “Boat Memory”. A otro, llamado Orundellico, le pusieron “Jemmy Button” porque decían haber entregado un botón a cambio de él. El primero murió de viruela. Los demás llegaron a ser exhibidos ante los reyes de Inglaterra. Tras ser vestidos y educados según la cultura inglesa, regresaron al extremo sur en 1832 al bordo del Beagle, donde viajó el autor de la teoría de la evolución. Poco se sabe de los pormenores de sus historias salvo que, una vez liberados, retomaron a sus costumbres. Los ingleses encontraron a Orundellico tiempo más tarde y éste se negó a volver con ellos. En su crónica de viaje, Darwin se preguntaba “qué atractivos puede ofrecer la vida a algunos animales inferiores; ¡la misma pregunta podría hacerse, y aún con mayor razón, respecto a tales salvajes!”

Este año se cumplen 200 años del nacimiento de Darwin y 150 de la publicación de El origen de las especies. El Museo de La Plata, inspirado en sus planteos evolucionistas, anunció una magna celebración: “Todo Darwin” se titulan la visitas guiadas donde se presenta “el desarrollo de la teoría evolutiva y las pruebas de la selección natural” y se relatan “anécdotas de Darwin en su viaje alrededor del mundo”.

El genocidio

La década de las exposiciones en Europa coincide con el tiempo en que los blancos emprendieron decididamente la ocupación del territorio fueguino, tentados por el oro y la cría de ovejas. Se calcula que hacia 1880 había más de 10.000 indígenas en la zona, entre onas y yamanas. A comienzos del siglo XX quedaban poco más de 1.000 y estaban acorralados.

Las comunidades sufrieron epidemias de enfermedades desconocidas –muchas veces contraídas en las misiones religiosas-, fusilamientos a mansalva, trabajo impuesto y explotación sexual. “Otras veces la sofisticación ganaba el lugar de las balas: en la playa de Spring Hill, cerca de 500 onas fueron muertos cuando abalanzados sobre una ballena yaciente para devorarla, ingirieron también el veneno inocultado por los ´cazadores´”, comenta Carlos Martínez Sarasola en Nuestros paisanos los indios.

El Estado no se quedaba atrás. “En ocasión de la muerte de dos peones en 1896, las autoridades policiales ordenaron la detención masiva de 81 indígenas, de los cuales 26 eran menores de 10 años (13 de ellos entre 2 y 5 años) y 27 mujeres”. En 1897 el gobernador fueguino Pedro Godoy, en una carta al Presidente, sugería acciones sobre los pueblos originarios: “exterminarlos por el hambre y la miseria, o por muerte violenta en la lucha con la policía” era la alternativa a “dejarlos en libertad de seguir su vida y depredaciones con perjuicio de los intereses privados”.

Ese año fue fusilado “Seriot” o “Capello”, nombrado también como el guerrillero ona. Sus restos llegaron poco después al Museo de La Plata, donde constan como una “donación” de Godoy. Al año siguiente el mismo criminal envió dos familias onas a la Exposición Nacional de Buenos Aires. Robert Lehmann Nietsche, funcionario de la institución platense, relató que “el público se precipitaba para contemplar este espectáculo exótico para la capital de Argentina, y disfrutar de un cuadro vivo, que recordaba los tiempos prehistóricos (…) ellos miraban con desconfianza las observaciones antropológicas, y las dos mujeres, incitadas por sus maridos, me permitieron solamente medirle la talla”. Una de ellas dio a luz a su hija en plena exposición. La ignominia no conocía límites.

Otro destacado ejecutor del genocidio fue Ramón Lista, designado por Roca en 1886 como jefe de una Expedición Exploradora de Tierra del Fuego –luego sería gobernador de Santa Cruz-, quien en su libro Viaje al país de los onas escribe: “Puedo asegurar, que después del explorador Moreno, soy yo quien posee el mayor número de cráneos y objetos de piedra pertenecientes a los primitivos habitantes de aquellas regiones”.

Cautivos en La Plata

También el Museo de La Plata tuvo en exposición a indígenas secuestrados. Su fundador, Francisco Moreno, se jactaba de tener “la serie antropológica patagónica más importante que existe”, que incluía “representantes vivos de las razas más inferiores”. El joven yamana Maish Kenzis, a quien vestía con un traje de funebrero, fue obligado a preparar esqueletos humanos para su exhibición. Murió en 1894, después de ocho años de cautiverio en nuestra ciudad. Luego pasó a estar expuesto al público como esqueleto.

La institución avaló y acompañó la avanzada militar sobre el Sur y el Chaco, de la que resultó el primer genocidio cometido por el Estado argentino en su propio territorio. En el edificio del Bosque se conservan 10.000 restos humanos obtenidos como “trofeos de guerra” en esas campañas. Algunos provienen de “muertos en combate”; otros, de profanaciones a cementerios. Los registros incluyen indígenas asesinados por expedicionarios del Museo. También pasaron a integrar las colecciones quienes permanecieron cautivos allí, como el cacique mapuche Inakayal y otros integrantes de su tribu. Junto a ellos hubo dos fueguinos: Maish Kenzis y una alacaluf conocida como Tafá o Eulltyalma. “Reservada, triste y rencorosa”, la evoca Ten Kate en un escrito de 1906: “Su rostro, preferentemente triste, cambiaba difícilmente. Taciturna, dormía casi todo el día. Habitualmente indiferente y predispuesta a la discusión (…) Tejía en telar para las colecciones etnográficas”.
La Pulseadarelató parte de esa historia funesta en septiembre de 2006, cuando con más voluntad que recursos un grupo de jóvenes encaró la tarea de ordenar los restos humanos conservados en el Museo, procurando habilitar posibles restituciones. Los inspiraba una ley nacional que en 2001 estableció que “los restos mortales de aborígenes, cualquiera fuera su característica étnica, que formen parte de museos y/o colecciones públicas o privadas, deberán ser puestos a disposición de los pueblos indígenas y/o comunidades de pertenencia que lo reclamen”. Se autodenominaron Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social (GUIAS).

El primer logro, en esa fecha, fue el retiro de exhibición de Maish Kenzis, que llevaba más de un siglo en una vitrina. El movimiento tuvo resistencia de los sectores más retrógrados, pero abrió el debate y poco a poco convocó al reclamo de comunidades. “Empezó un nuevo ciclo de pedidos de restitución, fomentado por nosotros”, rescata Fernando Pepe, de GUIAS.

En octubre de 2007, la Asociación de Antropología Biológica acordó una postura sobre el tema. Al tiempo que recomendó “atender a reclamos de no exhibición pública de restos humanos”, la institución afirmó que era “necesario y deseable facilitar la restitución de restos de identidad conocida a las comunidades de pertenencia que los reclamen, siendo materia de discusión y análisis particular el caso de reclamos de restitución de otros restos”.

En La Plata, gracias al trabajo de GUIAS, hay 35 víctimas del genocidio debidamente identificadas. No obstante, las trabas no dejan de aparecer. “Para obtenerlos no se daba ningún paso legal, se saqueaba una tumba y punto. Pero para devolverlos las instituciones empiezan con que es patrimonio, con que tienen que tener personería…”, se queja Patricio Harrison del grupo GUIAS.

Hoy esperan la respuesta del Museo varias demandas sobre restos identificados que cumplen los requisitos. El último recibido alude a cinco fueguinos –entre ellos, Maish Kenzis-. Los reclama la comunidad indígena yagan de Bahía Mejillones (que agrupa descendientes del pueblo yamana) “para ser devueltos a su tierra y darles el descanso que merecen”.

En 2006, consultada por La Pulseada, la directora del Museo Silvia Ametrano se mostró proclive a las devoluciones de restos solicitados por las comunidades. Pasaron más de tres años pero ninguna nueva restitución se concretó. Secuestradas, convertidas en objetos, las víctimas del genocidio siguen siendo piezas de colección.

¿Cuestión de época?
“Lo más desgraciado de esta historia es que se trata de una actitud que busca el justificativo de ´la época´. Hace pocos años, en 1989, cuando los descendientes y la tribu del cacique Inacayal solicitaron a las autoridades del Museo de La Plata la devolución de sus restos (…) hubo investigadores y profesores de esa casa de estudios que se opusieron en nombre de la ´ciencia´, porque el Museo no podía sentar el precedente de desprenderse de ´piezas´ de sus colecciones”, dice el prestigioso científico Alberto Rex González al prologar un libro que resume la historia de los pueblos indígenas que habitan o habitaron el suelo “argentino”: Nuestros paisanos los indios (Emecé, varias ediciones), de Carlos Martínez Sarasola.

Ese título recupera las palabras utilizadas por José de San Martín en 1819. En más de una oportunidad ese prócer nacional se refirió a los indígenas como “los dueños” de las tierras del país.

Entre el centenar de firmas de la petición que el 25 de mayo de 1810 constituyó el Primer Gobierno Patrio, figuran las de dos caciques. En enero de 1811, la Junta afirmó que “conforme a los principios de humanidad” esperaba “recoger la dulce consolación de ver salir a los indios de su oscuro abatimiento…”. Y en los primeros años de vida autónoma hubo todo tipo de disposiciones para reparar la situación de las comunidades. El objetivo estratégico era sumarlas a la causa, algo que no parece lógico si realmente se creía que no eran más que animales.

En febrero, el vocal Juan José Castelli dirigió una proclama a los pueblos de Tahuantinsuyo: “¿No es verdad que siempre habéis sido mirados como esclavos, y tratados con el mayor ultraje, sin más derecho que la fuerza, ni más crimen que habitar vuestra propia patria?”. Meses más tarde, en el aniversario de la revolución, realizó un homenaje a los incas ante las ruinas de Tiawanaco (Bolivia), invitando a las comunidades vecinas y proclamando la “unión fraternal para liberar América”. Su discurso fue traducido al quechua y al aymará.

El guiño a los pueblos originarios también fue plasmado en la Marcha Patriótica que la Asamblea de 1813 convertiría en himno oficial: “Se conmueven del Inca las tumbas / y en sus huesos revive el ardor / lo que ve renovado a sus hijos / de la Patria el antiguo esplendor”, reza una de las estrofas. Este fragmento fue cercenado de la versión que actualmente cantamos por un decreto del Poder Ejecutivo de 1900, durante la presidencia de Julio Roca.

“Los verdaderos forjadores de la Argentina pensaban en el conjunto de la sociedad”, apunta Martínez Sarasola: “el 9 de julio de 1816, aquellos patriotas, o al menos algunos, deseaban que los alcances de la independencia fueran conocidos por todos los habitantes de este suelo. Por ello la proclama se promulga en castellano y en otros tres idiomas, que no serán inglés, francés ni alemán, sino quechua, aymurá y guaraní”.

Con esas muestras, queda claro que negar la humanidad de los indígenas -como se hizo a fines siglo- no fue mera “cuestión de época” sino una operación ideológica, bien satisfactoria para los sectores dominantes de la sociedad. Hacia 1870 ganaron terreno posturas que, contra los intentos de integración y convivencia, propugnaban un exterminio liso y llano de las otras “razas”.

“La oligarquía naciente hace suya la ideología del progreso, del orden y de la superioridad de unos hombres sobre otros”, explica Martínez Sarasola. “Los unos son ellos, los otros los indígenas. También en su momento lo habían sido los gauchos. O los negros. En realidad los ´otros´ son aquellos que no participan de las pautas culturales” que llegan “de los centros ´blancos´ que en su expansión dominan al resto del mundo…”

A su vez, en Europa tampoco había absoluto consenso. “Yo considero un escándalo que se permita que estas pobres criaturas sean sacadas de su patria y llevadas a este país, donde es casi seguro que se enfermarán”, afirmó el médico encargado de atender a la fueguina que murió en Londres. La South American Missionary reclamó internacionalmente por el caso. Antes, tras la exhibición de 1881, el capitán francés Louis Martial, había objetado en Argentina “la profana exhibición de los Alaculoof (sic) en París”.

El que propugnaba una “solución final” al problema indígena era entonces un modelo de Nación, con promotores y detractores. Desde el ascenso de Roca –acaso su máximo representante-, las sucesivas acciones militares dejaron miles y miles de muertos. Otros tantos fueron confinados en verdaderos campos de concentración -en Retiro o la Isla Martín García, donde las epidemias hicieron estragos- o usados como mano de obra esclava en obrajes, ingenios, algodonales y casas de familias acomodadas.

En 1888 un diario porteño, El Nacional, criticaba lo “inhumano” de las escenas registradas poco antes: “se le quitaba a las madres sus hijos, para en su presencia y sin piedad, regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirían (…) Llegaba un carruaje a aquel mercado humano, situado generalmente en el Retiro, y todos los que lloraban su cruel cautiverio temblaban de espanto (…) Toda la indiada se amontonaba, pretendiendo defenderse los unos a los otros…”

“Esa actitud es todo un modelo social, cultural, económico”, insiste Martínez Sarasola: “Un modelo del desprecio que triunfó en nuestro país y cuyas bases de sustentación son la intolerancia, la injusticia y la violencia”. Quizá sea ilustrativo apuntar que leyes posteriores a la autodenominada Conquista del Desierto enajenaron unas 34 millones de hectáreas. Sólo 24 personas obtuvieron parcelas que oscilaron entre las 200 y las 650 mil hectáreas. En ese reparto intervenía el lobby de la Sociedad Rural Argentina. Aquella ignominia fue mucho más que un “hábito de época”.

En otras páginas

El Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social (GUIAS) pronto presentará su cuarto libro, Fueguinos en el Museo de La Plata, elaborado por Fernando Pepe, Miguel Añón Suárez y Patricio Harrison. Prologado por Osvaldo Bayer, contiene imágenes inéditas y datos sobre la identificación de los restos reclamados por la Comunidad Indígena Yagan.

“Muchos nombres fueron puestos por los asesinos, por eso queremos darle una vuelta de tuerca al tema”, explica Fernando Pepe sobre el uso de fotografías en el libro: “Sabemos que técnicamente fue importante para des-cosificarlos, pero los pedidos de restitución tienen que ser en la totalidad de los restos humanos y muchos son NN. Entonces le quisimos dar rostros a estos restos humanos. Estos rostros pueden ser los de cualquiera de los esqueletos que los ´investigadores´ trajeron al Museo”.

Sobre otras historias contadas en estas páginas se ha publicado “Zoológicos humanos”, del chileno Christian Báez y el inglés Peter Mason (Editorial Pehuén, 2006), también con un importante registro fotográfico, que reconstruye el traslado forzado de fueguinos y mapuches a Europa en la década de 1880, y su exposición en el Jardin d’Acclimatation. Por su parte, la editorial autogestionaria Cefomar publicó en 2005 El exterminio de los onas, de Enrique Inda, autor de varios ensayos sobre la historia fueguina y patagónica. Ya existía el temprano libro La Patagonia trágica (1928), escrito por el ex seminarista español José María Borrero, devenido escritor y periodista, quien se refirió a la matanza y explotación de aborígenes sureños como antecedente de la represión obrera en los frigoríficos extranjeros durante las huelgas de 1921.

La historia de Orundellico, el yamana secuestrado por Fitz Roy, es relatada por el historiador inglés Nick Hazlewood en Salvaje (Edhasa, 2004). También se convirtió en protagonista de novelas como En la Patagonia, de Bruce Chatwin (1970) y más recientemente La Tierra del Fuego, de Sylvia Iparraguirre (1998).

Ignorantes

En abril de 2008, esta revista publicó un artículo donde comentaba el hallazgo en el Museo platense de algunos cajones con cruces esvásticas. Tras presentar el contexto en que fueron encontrados –eran utilizados para guardar restos humanos-, La Pulseada (N° 58)explicaba que no tenían ningún vínculo con el nazismo. La imagen de la esvástica –invertida respecto a la utilizada por los seguidores de Hitler- era el logotipo de una marca de combustibles, en un tiempo previo. Aclarado el asunto, intentaba responder por qué, de todos modos, en los pasillos del Museo aquellos eran nombrados como “los cajones nazis”.

Dos historias silenciadas daban cabida a esa sospecha. Primero, la vinculación con Alemania de Lehmann Nitsche -director por más de 30 años de la sección Antropología-, de quien se supone que trabajó al servicio de las SS nazis. Luego, la designación como profesor en 1957 del austriaco Oswald Menghin, quien había servido al hitlerismo como Ministro de Educación de su país durante la anexión. Referente de una escuela intelectual retrógrada, utilizó prisioneros del régimen como mano de obra esclava en excavaciones para su Instituto de Prehistoria.

El primer domingo de mayo, entrevistados especialmente en Crítica de la Argentina, dos referentes del Museo respondieron a nuestra publicación. Hablaban de “ignorancia”, de una “campaña infundada” y de “difamación gratuita”. Sin embargo, parecía que no hubieran leído el artículo cuestionado. Se dedicaban a aclarar la diferencia entre una “esvástica sinistrógira” y una “esvástica dextrógira”, como si la filiación nazi de los cajones no hubiera sido negada desde un principio. Por el contrario, ni una palabra decían sobre las historias de Lehmann Nietsche y Menghin. Todavía hoy, un aula de la Facultad de Ciencias Naturales lleva el nombre del racista austriaco.

Para descalificar a La Pulseada, el jefe del Departamento de Arqueología Rodolfo Raffino no tuvo mejor idea que declarar: “Las acusaciones seguramente provienen de sectores que apoyan a las comunidades indígenas”. Amén.

Link: http://www.lapulseada.com.ar/74/74_explotacion.html

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