Una flor se marchita en lo profundo del oceano



Seguramente hoy digo “¡Cuanta soledad!” me rasco la barba, acomodo los anteojos y me odio un poco por nunca pertenecer a nada ni nadie, por encontrarme durante tantos años enredado en esta sequía de sangre ajena en mi corazón. Seguramente hoy prenda el último cigarro de esta noche y piense en cuantas veces cerré el candado y le negué a estos huesos su juventud y en cambio les regalé una vejez prematura. Seguramente mañana me levante, respire el aire viciado de mi presencia en la habitación y diga para lo profundo del alma: “Hoy voy a ser lobo en el bosque, y dejaré de ser un can urbano.” Pero la verdad es que cuando la luz del nuevo día bucee por mis pestañas, voy a pensar de nuevo “¡La puta madre! ¡Otro día para ocultar mis dientes!”

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