El transtorno



“La soledad de los árboles le descarnaba las espaldas.
Después, imperceptiblemente, el peso solitario lo fue
encorvando, hasta hacerlo caber en la vida.”
Atardecer, Hugo Mujica

“¡Loco como una puta cabra!, ¡Loco como una puta cabra!” Gritaba mientras sus miembros vibraban con el run run del rastrojero que lo desplazaba por enésima vez hacia la congoja de su tumba. Desde que había decidido vivir el mundo, intentaron llevarlo incontables veces a la frescura intrascendente pero segura de la cordura. Los terciopelos blancos que colgaban inertes de los cuatro flancos, eran insuficientes para quitar las infinitas manchas de imaginación alienada que teñían sus retinas. El placer del encierro y la redención le daba un buen motivo para continuar con sus desvaríos en cada resurrección. “Te quiero”, un cadenazo en la espalda; “Espero tu beso”, un corte en sus muñecas; “Hazme el favor, olvidad mi existencia”, sangre coagulando. No era la bella promesa de un fin inevitable el causante de todo el suplicio, sino aquel pestillo que le negaba escapar de una calesita ebria, desde la que, en contadas excepciones, logró ver con ojos ajenos la calidez de su madre en la fosa eterna de la muerte. Y así, cuando un corte en la yugular le ponía fin nuevamente a una de sus vidas, desde el espejismo de un féretro, los ojos se limpiaban la tierra y escudriñaban nuevamente el cielo.

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