Ecosistema


Lee un viejo libro de Nietzsche y desde su estomago millones de sacudidas son distribuidas a todo el volumen de su masa corpórea. Es un placer inevitable el recostarse en la hamaca paraguaya las noches de verano y bañarse de pensamientos y sensaciones. Recibir la llegada de un grato recuerdo que en primera instancia es difuso, pero luego va tomando contrastes, olores, texturas y finalmente se muestra con todas sus piezas encajadas a modo de fantasía perfecta. Toma el libro con su mano izquierda colocando el dedo mayor entre la página que leía y la que sigue, y con su mano derecha que pende tocando el piso, se da un fuerte empujón para que el vaivén comience nuevamente y el aire acaricie tímidamente su cuerpo. Enésimas manos invisibles son las encargadas de brindarle la frescura esperada. Recupera un hecho reciente, los ojos brillan con una inusitada muestra de decisión y no se hace esperar la orden indicando a su cuerpo levantarse de allí. Con impaciencia maquillada de calma su humanidad está de pie y camina descalzo por el pasto disfrutando el aroma a romero y tierra húmeda que le ofrece el ambiente. Una anormalidad teñida de normalidad se quita el disfraz mostrándose tal como es. La vid, careciendo totalmente de tutor se esparce por el pasto, llegando inclusive a la platea de cemento donde se halla ubicada una ennegrecida parrilla. Las telarañas se diseminan por doquier y es posible imaginar un pequeño ecosistema protegido debajo del vencido follaje, alimentándose de los frutos y hojas, que se entregan a granel desde sus ramificaciones. Desde un cantero formado por ladrillos naranjas, una rosa y una planta de perejil son testigos privilegiados del asunto. La rosa no sacrifica ni una insignificante espina para evitar la tragedia, ella prefiere conservar su perecedera belleza, su absurda voluptuosidad inservible. Orgullosa, observa como la parra deja caer una uva picoteada por los gorriones. Orgullosa, no puede evitar que las hormigas devoren su tallo y trafiquen los rojos y atractivos pétalos al centro de la tierra. El perejil piensa: “Si tuviera un poco mas de altura, podría curvarme y abrazar el flagelado cuerpo, hacerle sentir mi calor, mi poder” Sopla una tenue brisa y el perejil describe una curva con respecto a un horizonte arbitrario y su extremo superior alcanza a rozar las vapuleadas ramas de la vid. Insuficiente para rescatarla, pero perfecta para dejar expuesto su tallo al vegetalismo del pequeño ecosistema.

Se arregla el pelo y decide utilizar los hilos telefónicos, pero es menester (¿Es menester?) para este propósito

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